viernes, 13 de febrero de 2009

CASTILFORTE


Los aceituneros de la Alcarria: de Alcocer, de Salmerón, de Millana, del propio Castilforte, aprovechan las luminosas mañanas del mes de enero para arrancar el negro fruto del olivo en los cuartelillos de la solana. Un ramal de carretera que arranca le las afueras de Salmerón, breve y retorcido, colándose por la vega de Valdecastillo paralela al arroyo Garigay, nos alzará al final, envueltos en un remolino de curvas, hasta el pequeño lugar de Castilforte que aparece arriba, colgado sobre un otero rocoso, peana ideal para asiento de fortaleza que su propio nombre nos invita a imaginar.
Castilforte a primera vista es un pueblecillo gris, como el color de las peñas sobre las que duerme, como la vega muerta, como los tejados mohosos que cubren sus casas. Al entrar, chocamos de bru­ces con el inmenso edificio de la parroquia; una iglesia extrañísima de mampostería y pesados contrafuertes, que no se remata ni en torre ni en espadaña como las demás. Hay una anciana tomando el sol en los escalones de la iglesia y un niño pequeñito sentado a su ve­ra.
- Buena iglesia tienen en Castilforte, señora. Y buena mañana de sol...
- Ya lo creo, pero aún era antes mejor. Le quitaron un metro de alta y la destrozaron mucho. A ver si el mundo se vuelve de otra ma­nera y la pudiéramos arreglar. Tenemos buena voluntad pero nos fal­ta el dinero, ya sabe.
- La señora Elisa trajo enseguida la llave. Yo me quedé en la plaza entreteniendo al niño, al pequeño Gustavo, que maneja el chupete con extraordinaria habilidad, pasándoselo de un lado a otro de la boca a placer, sin tocarlo con las manos. Antes de entrar, acierto a leer escrito sobre la piedra lisa de un capitel en el que se apoya el arquillo: "Los olmos los puso Gregorio Saiz. Año 1691”
- ¿A qué olmos se refiere esto?
- Pues mire, a unos que había aquí. Los arrancaron cuando la ca­rretera. Había cuatro. ¡Si los hubiera visto! Daban con las ramas en los tejados. Aún queda, ese viejo y mocho que hay ahí. Está hue­co por dentro.
La única nave de la iglesia de Castilforte está limpia, sin un mal retablo que rellene sus muros, pintada de blanco, exhibiendo verdad de su pobreza. Alguna que otra talla perdida junto a las paredes es todo lo que el viajero puede aquí admirar.
- Lo rompieron todo. Sólo se salvaron San Blas y San Sebastián Bendi­to, mírelos. La Virgen esa de madera y el Santo Cristo se los llevaron del pueblo. Luego los trajeron otra vez, pero cambiados; los nuestros eran más hermosos.
El pequeño Gustavo, ajeno a la conversación de los mayores, apa­rece por allí con una oveja del belén en las manos.
- ¡Chico, no! ¡Deja eso donde estaba! ¡Ay, como te vea el señor cura!
La amable mujer, su nieto y el recién llegado, nos fuimos char­lando con dirección al castillo. Por el camino la abuela Elisa me fue contando que allí se vive muy tranquilamente, que les faltan algunas cosas, pero que no importa.
- Si somos quince vecinos, ¿qué se puede esperar? Sólo hay tres vecinos jóvenes, y, de los demás, la mitad viudos. No hay tienda ni nada. Bajamos a comprar a Salmerón.
-Qué pena, ¿verdad usted?
-¡A ver! Quitaron a los maestros y la gente se marchó. Algunos aún volverían de buena gana, pero y los que vendieron las casas, ¿qué?
Por el barrio de la Placeta se empiezan a ver las viviendas hun­didas de las afueras. Abajo queda el barranco de la Naña, donde pace en la rastrojera un nutrido rebaño de ovejas blancas. E1 tintineo de los campanillos sube limpio hasta nosotros.
-Algunos solteros se han aclimatado a 1as ovejas y viven bien. Mir­e, estas son las bodegas de cuando antiguamente. Han roto todo, las puertas, las tinajas, todo.
Las cuevas se internan en la vertiente norte del cerro del castillo. Tienen las bocas arqueadas, de tosca hechura, algunas tapadas por zarzales y malezas.
- Aquello es el barranco del Prao; y los baldíos son el Rehoyo, las Laeras, la Solana, todo yermo. Como no hay quien lo mueva...
El cerro del castillo está recubierto de un verde tapiz de césped finísimo que cae por los tablares del barranco. Desde su atalaya como mirador se domina todo un espectáculo maravilloso, donde la vista se deleita con el celaje azul del invierno por techo sobre el campo: la suave manteleta del pinar a nuestra izquierda; la, desnuda Alcarria como fondo, guardando sus pudores tras la neblina que surge tenue de la vega; la, carretera, reptando campo abajo por medio de los cuartelillos de oli­var como una gigantesca serpiente moribunda.
- Mi marido que en paz descanse y yo, cuando éramos novios, nos ve­níamos por aquí a pasear. Se ve un paisaje muy bonito. Detrás del ce­rro de los pinos hay un llano muy grande y un pueblo que se llama Valdeolivas. Eso ya es de Cuenca.
- ¿Cómo le dicen al riato de ahí abajo?
- Ese es Río Grande. Y no tiene agua. Qué cosas, ¿verdad?
La parte del cerro en donde debió de estar el antiguo castillo, del que hoy no queda nada más que el nombre, está separada del resto del al­tiplano por un tajo abierto en las mismas peñas. Uno piensa que pudo ser foso de seguridad para defensa de la legendaria forta­leza. Doña Elisa lo fija en el tiempo.
- Todo este callejón dicen que lo hicieron los moros antiguamente. El pequeño Gustavo, chupa que chupa, va viajando encantado por aquellos andurriales extramuros cogido de la mano del forastero. La abuela, mientras tanto, me sigue contando aconteceres y problemas relacionados con su pueblo.
- Aquí para bien del pueblo, lo que nos falta es la Concentración. Si nos la hicieran, esto sería otra cosa. Ya lo creo.
Al entrar otra vez en la calle que nos conducirá hasta la plaza, encontramos a Angelines, la única moza del pueblo, que está tendiendo a secar la ropa sobre una pared. Angelines es hija de los dueños del pequeño bar de Castilforte, una estancia alargada, de prolongado y antiguo mostrador, que se adorna con carteles de ferias, calendarios y una estampa fantástica en color del Monasterio de Piedra.
Don Nicolás García Rebollo, secretario de éste y de otros ayuntamientos más de la zona, a quien casualmente encontré cruzando por la plaza, me informó de algo de lo que ya me había percatado por mi propia cuenta: que el pueblo tiene, en realidad, una sola calle y algún que otro callejón adyacente que viene a unirse a ella.
- Pues aquí, en la calle Mayor hay algunas casas antiguas muy cu­riosas. En esta, por ejemplo, vivió un indiano que, según cuentan, tenía facultades para acuñar moneda aquí, en su propia casa. Se dice que daba una moneda de las acuñadas por él a todo el que plantase un olivo.
El famoso indiano de Castilforte se llamó don Celedonio Rostriaga, hermano del otro Rostriaga famoso, don Diego, relojero que fue de la Corte del rey Fernando VI e ingeniero constructor de instrumentos de Física y Matemáticas y de otros útiles relacionados con la ciencia, que en su tiempo fueron una auténtica sensación.
A la salida, del pueblo, en dirección opuesta al castillo, está la fuente redonda construida en 1872, con monolito lateral de tres ca­ños de los que solamente corren dos.
La furgoneta del panadero, Bernabé Rey, acaba de llegar a la so­lana de la iglesia. Las mujeres han rodeado en un instante la parte trasera del establecimiento rodante. El panadero nos obsequia con una torta de azúcar riquísima. Las mujeres me indican que el abuelo Feliciano, sentado en un rinconcillo de la iglesia al sol, es el hombre más viejo del pueblo.
- ¿Es verdad eso, Tío Feliciano?
- Sí señor, claro que es verdad. Noventa años y cuatro meses.
- ¿Es usted de aquí?
- Qué va. Yo soy de Huertapelayo.
- Ah; pues los pelayos cuentan que son muy aventureros. ¿Usted también ha estado por el extranjero?
-Sí, señor. Yo he estado en Nueva York, en Washington, en Florida, en Cuba y en París.
-¡No me diga! ¿Y qué hacía usted por allí?
Nuestro abuelo, don Feliciano Martínez Embid, se ha puesto de pie apoyándose en la garrota, y me contesta con una sonrisa desden­tada, simpática y abierta.
- Pues ya ve, repartir avemarías.
- ¿Eso que es?
- Eso es trabajar donde te mandaban. Una vez me mandaron limpiar una casa, y me dieron catorce dólares, en el año 1922, cuando un dó1ar valía a siete pesetas y media. Aquello era una fortuna.
- El idioma sería lo malo, ¿no?
- ¡Nada, hombre!, si para trabajar no hace falta idioma. "A la House” y te daban una escoba, ¿qué más quieres saber?
- Pues va a ser buena la idea que yo tenía de las gentes de su pueblo; que eran bastante vividores.
- Y muy tocadores de guitarra, y muy graciosos, sí señor.
Es nuestro hombre uno de los anónimos monumentos perdidos por ahí, en la solanilla de cualquier esquina de nuestros pueblos sin que nadie les haga caso. Lástima, que el tiempo, con saña, acabe con ellos. El abuelo Feliciano se quedó otra vez sentado, meditando a la sombra de su boina de paño negro. Hundido, pienso, en la leja­na soledad de sus recuerdos. Volviendo a vivir, igual que cada día, los tiempos pasados que, para él como para tantos amigos más por los que siento verdadera devoción, siempre fueron mejores.

(N.A. Febrero, 1984)