domingo, 22 de febrero de 2009

CHILLARÓN DEL REY


Los pueblos que por su situación geográfica cuentan como vecinas a las aguas de Entrepeñas, tienen algo en común valiosísimo e ina­preciable que aflora con el tiempo. En lo externo es su extraordi­naria luminosidad lo que colma de admiración a quienes llegan hasta ellos, y en lo interior, en su alma propiamente dicha, destaca, y de ello puedo dar fe, el trato afectuoso de la gente con quien no conocen, su apertura sin tapujos a todos los vientos que llegan de fuera, producto al fin del carácter de esa Alcarria seca y aromática que a uno gusta paladear en todo su jugo.
Chillarón del Rey vive estirado a lo largo de un arroyo sin nombre en esta zona precisa a la que nos hemos referido. Es pueblo rebosante de luz, limpio y ordenado, con entrada, romántica y juvenil, con patente señorío en no pocas de sus viviendas que todavía subsisten, siempre al amparo de un cabezo que llaman el Cimajo y vigilado desde los altos de la Sima por encinas pardas que asoman su melancólico rostro ha­cia el hondo de la vega.
A la plaza de Chillarón se llego bien entrada la mañana. Es una plaza por la que corre un ligero ambiente señorial, enmarcada en medio de dos palacetes con sello heráldico y la acera única de la calle Mayor. De la fuente cuelgan desmayados sobre el pilón los chorros de agua. La fuente, según reza la leyenda del monolito, fue cons­truida en 1893 como homenaje a don Gonzalo González, benefactor del pueblo. Sobre el poyo que rodea al tronco enfermo de una o1ma, sacude con fuerza el sol de la primavera acabada de nacer. Estoy solo. Irrumpe de momento en la plaza el furgón de un frutero, sonando el claxon estrepitosamente. Las mujeres han formado un corrillo alborotador en torno al establecimiento ambulante. Un anciano toma asiento a mi lado sobre el poyo de la o1ma. El anciano está silencioso, se ha puesto a pensar como en místico recogimiento, con las manos y la frente rugosa apoyadas en la empuñadura de su garrota.
- Buen olmo, ¿verdad usted?
El anciano contesta un poco sobresaltado. No esperaba que el fo­rastero pudiera sentir curiosidad por entrar en conversación con su persona, condenada, como la de casi todos los viejos, a la soledad.
- ¿Cómo decía?
- Nada importante. Le decía que tienen un buen olmo en la plaza.
- ¿Éste? ¡Nada, si está medio seco!
- Ya lo veo; pero me refería al tronco.
- Pero eso es porque aquí ha tenido siempre el agua cerca. Antes pasaba la reguera por toda esta parte de la plaza, Ya ve si habrá estado alguna vez falto de riego. Al hijo de quien lo plantó lo llegué yo a conocer. Se llamaba Benito Poveda.
- Oiga: ¿De quien es esa Casona tan elegante?
- Le gusta, ¿verdad? Es la mejor que hay en el pueblo. Era de un abogado. Pertenece a una familia que reside en Magán de Toledo. En el pueblo le decimos la Casa de las Señoritas.
Pronto fueron acudiendo más hombres al corrillo de la plaza. Los jubilados de Chillarán me hablaron del julepe, de la sequía y de que, tiempo atrás, robaron en el banco. El abuelo Mauricio dice que los ladrones se lo sabían todo muy bien, que no debían ser de muy lejos. Eugenio Bretín hubo de prestar declaración delante los guardias.
- Yo, poca cosa pude decir. Que vi a uno metido en el coche y na­da más. Luego cogieron a lo do chico del banco y creo que los ataron fuera del pueblo para que no hablasen. No sé si se llevaron un millón de pesetas que traían para pagar.
- Veo que tienen una huerta estupenda.
- Sí, pero como no baja agua, qué hacemos. Hay muchas nogueras y manzanos, granados también hay, y cogemos bastante miel.
- Pues este año dicen que llevó buen precio.
- Se vende a lo que nos la quieren pagar. Al pormayor anda la co­sa por las 170 pesetas el kilo, pero, al que quiere llevarse un quilo o dos para su consumo, a ese le cuesta 300. La vida aquí está cara.
Los hombres de la plaza me dicen que para ver el pueblo bien de­bo tirar por la calle Mayor y subirme después por cualquier calle­jón hacia la iglesia. La vía más importante del pueblo tiene una so­la acera, la de la derecha aguas abajo. En la otra están los fruta­les y las huertas de la Reguera.
Don Mariano Fernández, carpintero jubilado, portero en Madrid du­rante media vida, artista autodidacta, se entretiene con unas made­ras en el portal de su casa, trabajando entre sol y sombra. Don Mariano Fernández Mazarío, ataviado de mono azul, boina en medio uso, lentes alzadas con un cordón sobre la frente y barbas de cinco días, vive semirecluido en su casa de Chillarón del Rey con todas las prer­rogativas, la sal y la gracia de un viejo hidalgo alcarreño. El diá­logo con don Mariano es amable, íntimo, lleno de contenido.
-¿Usted ha oído alguna vez el apellido Mazarío?
- Sí señor, y tengo algunos amigos que lo llevan. Si no me equivoco pro­viene de Cereceda.
- Eso es. Aunque haya quien afirme que su origen está en Cifuentes, pero no es verdad. El verdadero linaje de los Mazarío tiene la raíz en Cereceda, salvo mejor opinión, naturalmente.
- Por lo que veo es usted el carpintero del pueblo ¿no?
- Lo fui, lo fui. Ya hace mucho tiempo de aquello. Mi padre inten­tó sujetarme en el campo, pero no lo consiguió. A mí lo que me tira­ba era la cosa artesanal. Luego me junté con un hermano de mi señora que era carpintero, me daba envidia su oficio, y, al final me rebe­lé contra el arado, me di a la carpintería y de ella hemos ido vi­viendo. Ahora nada; dos cositas para casa y pare usted de contar.
- ¿No será obra suya la barandilla de la escalera?
- Sí señor, si que lo es; y la puerta, y aquel marco del comedor, y muchas cosas más que hay por ahí guardadas, y otras que vendí. La columna de la escalera se me ha llevado casi un mes. Todo a base de manos y de paciencia.
- Lo que quiere decir que estoy hablando con un auténtico profesional del arte, con un artista, ¡vaya!
Nada de eso. En este mundo nunca se logra ser profesional. Jamás se ha conseguido descubrir todo en el arte. Yo, aquí donde me ve, he llorado cuando tenia dieciocho años porque no conseguía hacer las cosas bien. Ahora que sé los secretos del oficio, resulta que ya soy viejo. Me moriré con el pesar de no haber dejado en el mundo una obra admirable, como la de Salzillo, por ejemplo.
- Me estoy fijando en el capitel de la escalera. Eso es orden co­rintio puro. Requerirá mucha paciencia, digo yo.
- Mucha paciencia, sí señor, y mucho amor al arte. A mí me ha gus­tado mucho el arte, y la historia también, sobre todo la época de los Reyes Católicos, del Imperio, de los Austrias. Con todo lo que viene después no tengo nada en contra, pero no me gusta.
Don Mariano conserva en la estantería de su comedor muchos li­bros sobre distintas temas. Con más de un siglo en sus lomos de piel allí está la "Enciclopedia Moderna" de treinta y cuatro tomos, editada en Madrid en 1852, y el “Espasa" reducido, y libros sueltos de novela, de ensayo, de poesía.
- ¿Y éste que tiene aquí como más nuevo?
- Ese es de un tal Serrano Belinchón, que anda por ahí por los pueblos de Guadalajara contando cosas. A mí, el que con más cariño conservo es este que se titula "Glorias Nacionales", heredado de la familia de mi mujer. Lo he leído mucho y por eso está tan deteriorado. He di­cho que lo voy a encuadernar, pero que, entre unas cosas y otras, nunca llega el día.
- La calle más antigua de Chillarón se llama la Calle Nueva. Por los huertecillos de la Pila están los almendros en flor. Un grupo de mujeres toman el sol en la Calle Nueva. La iglesia es un monu­mento enorme, cuyas paredes, rajadas en vertical, sostienen varios contrafuertes de piedra dieciochesca. La iglesia está situada al pie del cerro del Cimajo, frente por frente con el antiguo camino de Mantiel, en lo más alto de la zona habitada. En lugar preferen­te de la portada renacentista hay un azulejo que dice: "Parroquia de Nª Sª de los Huertos".
El atrio es un soberbio mirador sobre las tierras que deberían cubrir las aguas del embalse. No muy lejos se alcanzan a ver, a caballo sobre sendas atalayas, las casas de El Olivar y de Alocén, vigías permanentes sobre esta Alcarria con vocación marinera. En alguna hondonada del paraje se reflejan como espejos las aguas del pantano.
Bajo hasta el pueblo por la senda de las Eras Altas. Un sapo anda desorientado entre la hierba buscando humedad. A uno y otro lado escombros y casas abandonadas. La plaza ya es otra cosa. Junto al tronco de la olma hay un anciano sentado, silencioso, pensando como en místico recogimiento, con la frente rugosa y las manos apoyadas en la empuñadura de su garrota.

(N.A. Abril, 1983)