viernes, 20 de febrero de 2009

CEREZO DE MOHERNANDO


Los de Cerezo dicen que aquello no es Sierra, ni Campiña tampoco, porque la línea divisoria la tienen allí, entre el pueblo y Monta­rrón, a cuatro pasos uno de otro, pero que, en climatología por lo menos, hay un abismo; que al otro lado la cosecha se retrasa un par de semanas y que las nieves serranas, cuando no caen para todos, tienen allí la línea de su límite. ­
A Cerezo le precede, ya dentro de su término, un complejo avícola con cerca de cuatrocientasmil aves y más de cuarenta empleados de la zona que corren con los quehaceres más variados que lleva consigo una explotación de este tipo.
Sobre un altillo a la vera del Henares, resguardado de lejos por montañas desgastadas que cubre el matorral, se extiende el antiguo pueblecillo de Cerezo, a uno y otro lado de la carretera de Cogollu­do. Como costumbre viene a ser en una considerable cantidad de pue­blos de la Provincia, la ermita de La Soledad nos introduce en el casco urbano, bien entrada la mañana de un día desapacible que presa­gia lluvias. Por los ventanillos oscuros de la ermita apenas se ve nada: una lamparilla mortecina cuyo reflejo no llega a iluminar siquiera el antiguo paredón, y la imagen de Los Dolores escondida en las sombras, casi invisible. El viento fino del poniente se arrastra peinándolos, en los trigales que revivieron las lluvias de abril. Un hombre pasa por encima del sembrado tirando puñados de abono por el viejo sistema de a boleo.
-¡Buenos días! ¿Qué tal?
- Pues mire: echando a la tierra un poquito de alimento.
- ¡Maravilloso campo! ¡Esto es una envidia!
- No crea, que las lluvias han caído un poco tarde. Si mayo nos acompaña, aun puede haber buena cosecha. Por aquí ya se sabe, si la primavera no llueve, no grana. Esto último le vino muy bien.
-¿Necesitan mucha agua las tierras de Cerezo?
- Mucha. Cuanta más, mejor. Por esta parte se traga toda la que le echen. Allá en la Campiña de El Casar y aquellos pueblos, el terreno aguanta mejor la sequía.
Por las cuidadas calles de Cerezo, uno cruza sin apenas detenerse a mirar sino a una casona fuerte que tiene un arco de piedra tapado y convertido en muro. El pueblo está solitario. Un señor vestido de pana fuma en una esquina que da a la carretera. Cerezo acaba en se­guida.
El Barrio de la Iglesia es un magnífico mirador hacia la vega por la que baja el Henares, colando su caudal en medio de una apretada hilera de vegetación. Los chopos y los álamos de la vega dan al es­pectáculo natural que tenemos delante un color optimista de campo vivo. Aquí hay un juego de bolos improvisado, con cuatro palos en el suelo enmarcados en rectángulo, un carrillo viejo, un montón de leña, las terreras del ribazo, la vecina espadaña con su campana grande y el esquiloncillo de las ánimas, y al fondo, los grises dife­rentes de la sierra, escalonados, lejanos, fundidos con el pardo semblante del nubarrón que se cierne por encima de las tierras de Sigüenza distantes de nosotros.
Don Francisco García, presente por allí, mirando como yo miro El panorama de la vega, me dice que aquellos edificios del valle corresponden a una fábrica de piensos que hay en el término de Montarrón, de los mismos dueños que la granja.
- Y dos saltos de agua también tenemos en el Henares, lo que pasa es que con los chopos no se ven. Ahora no funciona ninguno de los dos
- Lo que no veo es gente. La emigración, ¿no?
- ¡A ver! A diario aquí no quedamos nada más que los de mi edad y alguno mayor que yo. Luego sí, los sábados acuden todos por aquí, pe­ro de continuo, cien personas o pocas más.
- Pues el pueblo está en muy buen sitio, creo yo.
- Sí hombre, y con muy buena comunicación. Aparte de la carretera tenemos un apeadero de tren con Guadalajara a cuatro pasos.
- ¿Es propio el ayuntamiento?
- Sí es propio, claro, pero dependemos de Humanes. Yo fui alcalde en tiempos, pero no me gustaba, luego resulta que no había una perra, se fue el secretario porque no teníamos para, pagarle y yo pedí la di­misión. Estaba entonces aquel gobernador gallego y me la dio ense­guida. Ahora hay alcalde pedáneo.
Cipriano del Valle es hijo de Cerezo y vive en Madrid. Es de la opinión de que con la mitad de ingresos por su trabajo de lo que ga­na en la capital se vendría al pueblo. De hecho, nuestro amigo es de los visitantes habituales cada fin de semana. Cipriano tiene una ca­sita nueva mirando a la vega, desde la que, me ha dicho, se pasa mu­chos días las horas muertas contemplando el campo por la ventana.
- En el pueblo se puede vivir muy bien con cuatro perras, y la tranquilidad es impagable. Aquello de Madrid es un monstruo que aca­bará echando a la gente fuera. Allí no se puede vivir.
Me fui con Cipriano hasta el atrio de la iglesia. Está a cuatro pasos de nosotros. No pudimos verla por dentro. Mi amigo me habla de ­un artesonado y de no sé cuantas cosas más que, por estar cerrada la puerta, nos tuvimos que conformar con ir reconstruyendo en la imaginación. Lo que sí pudimos ver es el capricho plateresco de la portada exterior en bajorrelieves de arcos, de venera, de medallones, que no hemos podido resistir a la tentación de ofrecer a ustedes en la sencilla reseña gráfica que ilustra el trabajo de hoy, como lo más representativo de lo que hemos podido ver en esta mañana desapacible de nuestra visita.
- Pues todo esto de abajo está hueco de cuando la Guerra. Aquí unos, y los otros en aquellos cerros, se debieron poner buenos a tiros los de las dos partes. Ahora verá, las ventanas que hay abajo por donde sacaban las ametralladoras.
Por las dos aberturas de escape del refugio están sacando tierra. Son una especie de saeteras por donde, según Cipriano, los atrincherados sacaban los cañones de las ametralladoras que en aquel vergonzoso enfrentamiento, sembró la Vega del Henares de desolación, de dolor y de muerte.
- Estos pueblos quedaron destrozados por completo. Ahora, los mo­cetes están haciendo en el refugio una cueva para divertirse con la peña; por eso sacan la tierra.
- Esos cerros de ahí son el Colmillo y la Muela de Alarilla, ¿no?
- Eso es. Ahí es donde se tiran los hombres pájaros. Algunos vie­nen a caer por aquí.
Las viejas viviendas de Cerezo son en su mayor parte de adobe, de tierra apelmazada con paja envuelta que era, según parece, el sistema de construcción más asequible y más barato para el medio rural ­en la primera mitad del siglo en que estamos.
- Aquí, en la pared de la torre, es donde antes se jugaba a la pe­lota. Ya no se juega porque no hay quien lo haga.
- ¿Por qué no nos vamos un ratito a la taberna, nos tomamos una copa y hablamos tranquilamente? Es que hace mucho frío por la calle.
- Eso va a ser más difícil. Aquí no hay taberna. En el salón de la escuela hemos hecho un teleclub para echar la partida, pero no está abierto. Nos vamos a ir a casa a tomar un café calentito si no le importa.
- No, muchas gracias. Hace un momento que acabo de desayunar y ahora no me apetece. Es usted muy amable.
- No, nada de amable. ¿Es que no ha visto qué cara de frío tiene?
La Plaza Mayor da la impresión de ser la de un pueblo deshabita­do. Un par de casonas, muy antiguas, de ladrillo, donde nadie pare­ce vivir y hierba que crece en torno a la fuente, ofrecen aquí todo un recital de lo que es o pudiera ser el desamparo, el olvido, la desolación. En la cara opuesta del extenso solar hay unos cuantos carros de tiro descarnados y ennegrecidos por las lluvias, por el sol y por los vientos, con las ruedas hundidas en el yerbazal.
- Se trajeron hace cuatro o cinco años para hacer la plaza de to­ros y ahí los dejaron. Son trastos que ya no sirven más que para chatarra.
Me contaron en casa de Cipriano que el patrón de Cerezo es San Roque y la patrona la Virgen de la Piedad, que el pueblo en fiestas acepta muy bien a los forasteros y la gente disfruta mucho. La tra­dición, no lejana en el tiempo, sitúa a San Pablo como fecha jubi­lar en unos cuantos pueblos de la comarca; circunstancia que dio lugar a ciertas tensiones pasajeras y que aun se recogen en unos dichos medio olvidados con los que, unos y otros, se solían tocar en lo más crudo del amor propio:

A San Pablo a Razbona
porque el de Cerezo es viejo.
A San Pablo a Cerezo
que el de Razbona tiene roña.

El abuelo Patricio viene por la calle con una bolsa de pan y una jarra de leche. En algunos de los rincones más escondidos del pueblo hay corrales con yedras, arbustos y viejos olivos que nadie cuida. Por el cerrillo de la Perdiguera, los olivos bajan alineán­dose en la ladera semibaldía. En los cerros de Cerezo hay mucha caza. Aseguran aquí que los conejos abundan y que son muy dañinos para el campo, se lo comen todo.
El correr monótono de los días marca la primera pauta vivencial en este simpático lugar de la Provincia. Un pueblecito acogedor, de gente hospitalaria, cordialísima, que confía de quien no conoce solamente por lo que en apariencia pudiera representar, sin más credencial que su presumible hombría de bien. Cerezo de Mohernando es uno de esos lugares inolvidables donde uno cosechó amigos. El viaje valió la pena.

(N.A. Mayo, 1983)