martes, 17 de febrero de 2009

CENTENERA


Un camino difícil nos lleva entre curvas y matorral hasta el fondo del valle. La visión al atardecer desde los últimos virajes del ca­mino tiene mucho de paradisiaca. Centenera es un pueblo con demasiados motivos para quedarse a la expectativa bajo la sombra de cualquier olmo del camino, por el simple placer de paladear a campo abierto el olor de sus hierbas, el color y la calma de una naturaleza en­galanada hasta lo indecible, que aprovecha como asiento sin igual para mostrarse a quien pasare aquellas hondonadas por las que discurre exangüe el arroyo Matayeguas. Centenera queda abajo, se diría que colocado a propio intento al pie del cerro de la Linde, estirándose por su margen izquierda a lo largo del río. Las conchas de pizarra que cubren el chapitel puntiagudo de la torre sacan un brillo tenue, forzado, con el sol mortecino que les viene desde la Rastra. La vega se ve casi toda sembrada de cereal pese a su condición inmejorable como tierra de huerta, pe­ro que la falta de interés por una parte, de brazos que la trabajen por otra, y de agua suficiente en los últimos años para poderla regar, la han ido pintando poco a poco del prosaico color de los campos de mies.
- Pues no se vaya a creer, que esta vega es muy traicionera, muy fría. Todos los aires se encajan así para abajo, y cuando se le antoja, en una noche nos deja todo raso. Este año lo han tenido que pagar los tomates.
Por la Regadera baja manso el arroyo. El cauce está plagado de algas, de berros y de junqueras, entre las que se cuelan en un abrir y cerrar de ojos los graciosos alevines, aprovechando las pozas que, con prudente separación, va dando lugar el hilillo del agua.
En el llano de la Regadera, izadas hasta su mitad las faldas del invernadero, trabajan la tierra a golpe de riñón dos campesinos ju­bilados, expertos según vi en las nunca bien ponderadas artes de la buena huerta. Anastasio Martínez y Daniel, su cuñado, se reparten los trabajos, y los productos, naturalmente, de su huertecillo en la Re­gadera. El invernadero tiene una temperatura agradable, no es aquel calor asfixiante de las naves de plástico que vimos en la vega de Ro­manones, donde las plantas, bien trabajadas por cierto, a fuerza de riegos y de temperatura, crecen de un modo artificial, sin ton ni son.
- Ahora se está bien porque hemos subido las ventanas, pero si tie­ne usted reuma, venga a echarse la siesta al medio día, que seguro que sale nuevo.
La huerta de mis amigos es mas bien un muestrario de productos del campo, donde la variedad del género está muy por encima de la explo­tación propiamente dicha. En el poco espacio de que disponen hay si­tio suficiente para todo: aquí un tablarcillo de lechugas, otro allá de alcachofas, una era de zanahorias, dos surcos de guindillas, otros de cebo­llas, de pimientos, de berenjenas, de calabacín, de ajos, sin contar para nada el té de río que crece fuera de control al abrigo del in­vernadero.
- El té me lo dio uno de Valdesaz y lo puse aquí. Esto cunde mucho, se extiende solo sin hacerle caso.
- Lo que tienen ustedes es una vega hermosa, y el pueblo no digamos...
- Desde lo del palacio para abajo dicen que era todo de un marqués.
- ¿Y ahora?
- Ahora es de los del pueblo. El palacio es de uno que lo compró y ha hecho un poco de vivienda. El pueblo, como estaría bien es si cuando hicieron lo de la concentración hubieran puesto todo lo de los cerros de pinos. Habría parecido todo más bonito, como en me­dio de un bosque.
- Quedará poca gente por aquí, ¿verdad?
- Poca. Qué sé yo si cuarenta vecinos. De más de cien que hemos sido antes, total hace unos años.
Anastasio y Daniel, su cuñado, no se pusieron de acuerdo en la cuestión de los vecinos; uno tiraba por alto y el otro no daba más allá de las dos docenas de familias como habitantes de hecho. Con el pueblo delante, la cosa se resolvió contándolos, uno por uno, empezando por el barrio que limita con la carretera de Atanzón, siguiendo siempre el curso de las aguas. Las gentes de Centenera tienen apelativos curiosos por sobrenombre, que en el pueblo pronuncian con total naturalidad, también con total respeto como si se tratase de nombres de pila.
- Pues ya le digo, salen treinta y cuatro, y con los dos que esta­mos aquí, treinta y seis, ni uno más. Cuente con cien personas para el caso, que muchas más no deben pasar de la lista.
El pueblo tiene una entrada romántica, una entrada coqueta y soña­dora que se desborda en las postreras horas del atardecer, adornada por el puentecillo de la vega y las choperas del río, como en las pin­turas francesas de los impresionistas. Los hombres se reúnen a gozar de la bonanza de la tarde en un banco que haya la puerta del bar de la Teodora. El ayuntamiento queda a dos pasos, solitario, más hacia la ribera, precedido de una placetuela de tierra donde se sueltan los toros para las fiestas del Cristo.
- La fiesta está muy bien. Esto no sabe usted cómo se pone con la gente de fuera. Se torean los toros, nos los comemos después, y tal día hará un año. Aquí hay mucha afición.
La Teodora es una mujer muy atenta que sirve las botellitas de cerveza frescas, como el mismísimo hielo. La Teodora no está muy conforme con la­ clientela, dice que beben muy poco, casi nada.
-Sí que es verdad; aquí la gente bebe muy poco. La cosa ya no es aque­llo de hace unos años, para qué vamos a decir lo que no es.
- ¿Hay más bares en el pueblo?
- Ya no hay más, ni para qué los queremos. Hay dos tabernejas. Y ahora, mire, ni escuela ni nada. Cuando a un pueblo le quitan la es­cuela, lo matan, sí señor, yo siempre lo digo.
- Yo, casi estoy también con usted, fíjese.
- El caso es que la hemos estado manteniendo hasta hace un año. Nos la querían cerrar hace mucho por falta de chicos, pero fuimos las ma­dres a la Inspección y gracias a eso hemos ido tirando, pero ya no puede ser, ahora los tenemos que llevar a Guadalajara. La gente nos decía: "¡Pero dónde vais vosotras, si no sabéis hablar!", y yo digo que no lo haríamos tan mal cuando no nos echaron de allí, ¿no le parece?, y conseguimos mantener la escuela. Ahora, nada, -tan pequeñitos y fuera de la familia. Pero qué quiere que le hagamos, si es que ya no quedan ni media docena de chicos.
El palacio es un edificio antiguo, que en su tiempo levantaron pacien­temente por el sistema en moda, a base de ladrillo visto. El palacio está retocado, lleno de parches y remiendos que rompen la unidad de la obra. En el pueblo dicen que fue posesión y residencia de don Car­los de Ibarra, el legendario marqués cuyo nombre ha conseguido tras­pasar el límite de los siglos, esculpido en una piedra que veríamos más tarde sobre la portada de la iglesia. El barrio del Jardín está en cuesta. En el barrio del Jardín se lucen las malvas en flor, el bo­tón de oro y las hierbas silvestres perdidas en las escombreras y en los intransitables declives por los que subimos hasta la iglesia. Las mujeres del barrio salen de sus casas buscando el fresco del atarde­cer por las callejuelas altas que cubren la base del cerro de la Linde. Una anciana está removiendo con la legoncilla la tierra que hay al pie de la torre, en el florido jardinillo que resguarda el atrio.
- Margaritas estoy plantando. ¡Qué sé yo lo que saldrá!.
La iglesia de Centenera tiene una portada artística, claveteada de hierros en forma de flor y cabezas de leones del mismo metal. Desde las piedras del atrio se domina casi toda la vega: los chales del Pa­lomar al otro lado del río, las choperas frondosas de la plaza y el vallejo del Pradillo que sube hasta las mismas faldas del cerro Colo­rao, donde se acaban las tierras de Centenera y se abren los primeros altos de Aldeanueva, más en dirección norte. Bajo la amenaza del nubarrón que se había venido formando sobre la Rastra, montamos nuestro corri­llo de conversación amable con los hombres del barrio, apoyados cómodamen­te sobre los sillares del pretil.
- Pues en el límite del término hay un puente que es de los dos pue­blos, y, cuando se rompe, ya sabe lo que pasa, que unos por otros, no hay quien lo arregle.
- Los de aquí serán centenereños, ¿no?
- No señor. Aquí somos los de la ballena, y los de Aldeanueva son algallones. Luego, en Iriepal tiene usted los bubillos, porque hicieron una torre con cuévanos y como les faltaba uno, querían quitar el de abajo para ponerlo arriba. Las cosas de los pueblos. Qué sé yo si sería verdad o no, vaya usted a saber.
El nubarrón de la Rastra acabó sacudiendo como era de esperar. Centenera se ha quedado solo, sin un alma por aquellas callejuelas en cuesta que bajan desde el barrio del Jardín. Los hombres de la tertulia encontraron refugio en el establecimiento acogedor de la Teodora. Al final, nada. Cuatro gotas que sirvieron tan sólo para alegrar un poco los cebadales de la vega, para lavar las planchas negras de la torre, y para cargar, eso sí, el ambiente de la tarde de un vitalizador, de un agradable olor a campo.

(N.A. Junio, 1982)